La nación
Hace mas de cien años, el filósofo francés Ernest Renan se propuso la siguiente pregunta: “¿Qué es una nación?” Renan respondió de que la misma era un “principio espiritual” basado en memorias comunes, el culto a un glorioso pasado, así como la habilidad para olvidar eventos vergonzosos y sobre todo por ser un “plebiscito diario” - la afirmación colectiva de un “deseo” nacional de parte de los ciudadanos de un país. ¿Pero como se traduce este principio espiritual en la práctica? ¿Como es que el culto al pasado se relaciona al presente y como este se proyecta hacia el futuro? ¿Como exactamente se expresa el “deseo nacional” en la vida cotidiana? ¿Quién define la nación y para que propósitos? ¿Cómo es que las representaciones de la identidad cultural élite y populares se diferencian y coinciden entre sí? La búsqueda de la “esencia” de l nación ha continuado sin descanso a través de todo el siglo veinte, específicamente entre pueblos dependientes, como Puerto Rico.
El caso de Puerto Rico es uno peculiar, debido a su estatus político de territorio no incorporado a los Estados Unidos. Como resultado de la Guerra Hispanoamericana, en 1898, España le cede la Isla a los Estados Unidos. Aunque los puertorriqueños han sido ciudadanos de los EE.UU. desde 1917, la definición legal de su identidad no necesariamente corresponde a su auto-percepción de “puertorriqueños primero y americanos segundo”. Hasta la fecha de este escrito, el estatus judicial de la ciudadanía puertorriqueña, opuesta a la de EE.UU., aún continúa siendo debatida por ambas cortes jurídicas y legislativas en los EE.UU. y en la Isla. Gran parte del la disputa se encendió debido a la bien reseñada resignación de su ciudadanía americana por parte del líder pro-independencia Juan Mari Bras. Mas sin embargo, la gran mayoría de los puertorriqueños no ven contradicción entre afirmar su nacionalidad puertorriqueña y a la misma vez defender su ciudadanía americana. En diciembre 13 de 1998, Puerto Rico llevó a cabo un plebiscito para atender su estatus político y mas de la mitad de sus votantes no le dieron su respaldo ni a la estadidad, ni a la independencia, ni siquiera a la asociación libre, pero si a “ninguna de las anteriores” - probablemente una versión mejorada de la actual fórmula del Estado Libre Asociado.
Volver a visitar el dilema puertorriqueño puede añadirle mucho a los debates contemporáneos sobre el nacionalismo y colonialismo. En esta coyuntura se encuentran severamente divididos los intelectuales de la Isla entre aquellos que creen que los puertorriqueños deberían de luchar por la independencia, para preservar su identidad cultural, y aquellos que creen que esa lucha necesariamente invoca una homogeneizadora, esencialita y totalitaria ficción llamada “la nación”. Hablando en términos generales, los nacionalistas locales de diferentes vertientes tienden a asumir la postura anterior, mientras que los posmodernistas de ciertos bandos asumen la segunda. De ahí que la batalla entre los dos grupos de intelectuales tengan múltiples implicaciones en sus discursos ideológicos, estrategias políticas y tácticas de alianzas. Para un nacionalista, como el sociólogo Juan Manuel Carrión, la defensa del idioma español y otros íconos de la herencia hispana tienen la ventaja practica de unir al pueblo puertorriqueño frente a un enemigo común: el imperialismo americano. Para un posmodernista, como el historiador Carlos Pabón, la Hispanofilia de la élite nativa es una práctica divagadora que brilla sobre la diversidad interna del colectivo imaginario. Para el primero, el asenso del nacionalismo cultural es una parte íntegra de la lucha anticolonial en Puerto Rico; para el segundo, es meramente una forma light de nacionalismo o neo-nacionalismo, desprovisto de sus connotaciones subversivas y progresivas.
Mucha de la actual controversia entre los eruditos de la Isla se centra en los distintos puntos de vista de los colegas frente a la pregunta de la identidad nacional y soberanía. La influencia de teorías pos-estructuralistas en las ciencias sociales y las humanidades, como han evolucionado en Europa Occidental y en los Estados Unidos, han llevado a muchos a cuestionarse la mera existencia de un carácter nacional, esencia o sustancia que se pueda fijar, definir y preservar inequívocamente. Aún así, otros han argumentado que la deconstrucción del discurso nacionalista no necesariamente implica entregar todos los compromisos prácticos a los movimientos progresistas sociales, como son la búsqueda de la independencia. Recientemente un grupo de académicos puertorriqueños, viviendo en la Isla y en los Estados Unidos, han afirmado que una agenda radical democrática solo se puede alcanzar mediante la anexión completa a los Estados Unidos. De nuevo, el caso de Puerto Rico demuestra una vez mas que las preguntas sobre identidad cultural están lejos de ser académicas y en vez tocan las luchas diarias de su gente, experiencias vividas y los derechos a representación política. Debates actuales en la Isla sugieren que puede ser muy prematuro anunciar el fin del nacionalismo o romantizar el trans-nacionalismo en un mundo cada vez mas globalizado. Las ideas y prácticas nacionalistas continúan circulando mundialmente y organizan gran parte de la vida cotidiana de la gente.
Políticas culturales en una nación apátrida
Los debates públicos y académicos sobre si Puerto Rico tiene su propia identidad nacional o no siempre han estado plagados de fuertes repercusiones políticas, debido a su dependencia por mas de cuatrocientos con España y por los últimos cien con los Estados Unidos. Por décadas, el problema principal político y conceptual para la construcción de identidades culturales en Puerto Rico ha sido la disociación entre nación y estado - de este modo se subvierte la forma tradicional con guión de la palabra nación-estado. Hoy en día Puerto Rico cumple con las características “objetivas” y “subjetivas” de los puntos de vistas convencionales de la nación, entre estas tiene un lenguaje compartido, territorio é historia. La Isla también posee muchos de los atributos de una nación, tales como un sistema nacional de universidades, museos, y otras instituciones culturales; una tradición nacional en literatura y las artes visuales; y hasta tiene representación nacional en eventos deportivos y concursos de bellezas internacionales. Pero mas importante aún, la gran mayoría de los puertorriqueños se imaginan a sí mismos como distintos de los americanos, al igual que, de otros pueblos latinoamericanos y caribeños.
Mas sin embargo, actualmente la mayoría del electorado no favorece una república independiente para Puerto Rico. En vez, ha reiterado en repetidas ocasiones una preferencia marcada por la ciudadanía de EE.UU. y la unión permanente a los Estados Unidos. (En 1996, sobre el 95% de los votantes favorecieron los partidos que promueven la estadidad o libre asociación.) Un punto crucial es la libertad de viajar a los Estados Unidos bajo cualquier opción de estatus político. Bajo el estatus actual, los puertorriqueños tienen acceso sin restricciones de entrada a tierra firme en los EE.UU. En un sorprendente gesto, el presidente del Partido Independentista Puertorriqueño, Rubén Berrios Martínez, recientemente argumento que el Congreso de los EE.UU. debería de concederle a los puertorriqueños el derecho de entrar libremente a los Estados Unidos bajo la independencia. Berrios Martínez reconoció que el significado que tiene la ciudadanía americana para la mayoría de los puertorriqueños, específicamente como una manera práctica para facilitar el movimiento entre la Isla y la tierra firme. Preguntas sobre ciudadanía, migración é identidad en Puerto Rico a veces adquieren un sentido de urgencia, casi nunca antes visto en naciones-estados bien establecidos, que no tienen que justificar su existencia, ni pelear por su supervivencia. Consecuentemente, la afirmación para una identidad cultural separada está íntimamente ligada al proyecto inconcluso de la auto-determinación, que es típico de los movimientos coloniales de liberación nacional a través de todo el mundo.
Durante el siglo veinte, el movimiento pro-independencia puertorriqueño no ha podido desarrollar y mantener el apoyo de la masa popular. Como ha argumentado el sociólogo Carrión, la lucha por la independencia no representa la mayoría en el gobierno nativo y las clases trabajadoras. En vez, la independencia ha sido mayormente el proyecto político de un sector radicalizado de la pequeña burguesía – incluyendo a comerciantes menores, manufactureros, artesanos independientes, profesionales liberales y empleados gubernamentales. La mayoría de los empresarios locales no favorecen un discurso nacionalista porque identifican los intereses de su clase con la asociación continua a los Estados Unidos. Mas sin embargo, la masiva extensión de subsidios públicos, mediante la transferencia de pagos del gobierno federal, ha fortalecido el apoyo popular para la anexión. Sin la alianza de la burguesía nativa o del proletariado, la resistencia al colonialismo se ha desplazado en gran medida desde los partidos políticos al debatido terreno de la cultura. Como resultado, los intelectuales del patio - principalmente los profesores universitarios, eruditos y escritores – han jugado un papel, desproporcionado en relación a su número, en la construcción de un discurso nacionalista. Aquí como en otras partes, la intelectualidad local ha ayudado ha definir y consolidar la cultura nacional en contra de lo que se percibe como una invasión extranjera. En los términos de John Hutchinson, los intelectuales nativos han buscado regenerar la fibra moral de la nación como un principio organizador en la vida diaria de su gente.
Desde el 1898, la identidad nacional en Puerto Rico se ha desarrollado bajo – y a veces en rotunda oposición de – la hegemonía de los EE.UU. Durante la primera mitad de este siglo, el movimiento local para separar a las Isla de los Estados Unidos incremento su apoyo y varios partidos políticos incluyeron la independencia como parte de sus plataformas ideológicas. Pero durante los pasados cincuenta años, los movimientos autonomistas y anexionistas se han convertido en las fuerzas dominantes de la política puertorriqueña. Estudios recientes se han enfocado en la desaparición del nacionalismo político y la subida del nacionalismo cultural en la Isla desde los 1940s. En Puerto Rico, el nacionalismo cultural se desconectó rápidamente del nacionalismo político y se identificó con el populismo después de la Segunda Guerra Mundial. El carismático líder Luís Muñoz Marín, Gobernador de la Isla desde el 1948 hasta el 1964, fue una figura principal en la transición ideológica.
Hoy en día, el nacionalismo cultural trasciende las lealtades de los partidos políticos, de ambos bandos, los de la izquierda y de la derecha. Es ahora la retórica oficial de los tres partidos políticos en la Isla – del que favorece la independencia, la libre asociación y hasta del que favorece la estadidad. En la campaña plebiscitaria del 1998, el partido que favorece la estadidad prominentemente desplegó los tradicionales símbolos de la nación puertorriqueña; tales como: la bandera, el lenguaje español, comidas típicas y representación deportiva en las Olimpiadas. Los otros dos partidos también utilizaron un lenguaje nacionalista de amor propio y dignidad colectiva para adelantar sus respectivas causas políticas. De esta manera, Puerto Rico ilustra, mejor que otros lugares, la relevancia del nacionalismo cultural - debido a que la Isla no es una nación-estado, y aún así, continúa aseverando su propia cultura distintiva, por mas fragmentada y heterogénea que este. Yo argumentaría que la construcción de identidades culturales en el Puerto Rico contemporáneo envuelve desavenencias profundas entre ciudadanía y nacionalidad, así como la constante trasgresión de los limites territoriales, lenguaje y etnicidad, ya establecidas por visiones estándares de la nación.
En la Isla, los puertorriqueños de los distintos partidos políticos comparten un fuerte consenso con respecto a sus primarias afiliaciones colectivas, una clara dicotomía entre “ellos” y “nosotros”, esto es, los americanos. En el Puerto Rico contemporáneo, el nacionalismo cultural se ha convertido en uno de los principales discursos sobre identidad, aunque sea articulado a través de varias posiciones sociales, incluyendo las de clase, género, raza y color, edad é ideología. En los 1940s, el antropólogo Julián Steward y sus colegas también encontraron suficientes divisiones regionales, pero estas han ido disminuyendo desde la llegada de la industrialización, la emigración, y la urbanización. Mas sin embargo, las representaciones dominantes de la puertorriqueñidad ya no solamente están confinadas a la élite intelectual, a la burguesía ilustrada o al movimiento pro-independencia. A su vez, los íconos populares de la identidad nacional (tales como la omnipresente bandera o la música de salsa) se han ido filtrando, saliendo desde abajo hacia arriba, o recirculado a través de la estructura social de la Isla. Tales expresiones simbólicas de la cultura puertorriqueña han penetrado el aparato colonial del estado, los partidos político, los medios masivos de comunicación y las organizaciones comunitarias de bases.
La nación de las dos banderas
El 1998 marcó el centenario de la ocupación de los EE.UU. a Puerto Rico luego de la Guerra Hispanoamericana. La generalizada influencia militar, política y económica también han transformado la cultura de la Isla. Mas sin embargo, Puerto Rico continua aseverando una distintiva identidad nacional, por mas fragmentada, híbrida é impugnada que esté. Para la gran mayor de su gente el español permanece como el idioma fundamental de comunicación. El catolicismo todavía es la fe predominante, aunque un buen número de puertorriqueños se han convertido al protestantismo. Durante la Navidad, los puertorriqueños celebran el día de los Tres Reyes Magos, al igual que la llegada de Santa Claus. En las estaciones de radio, la salsa y el merengue compiten a diario con la música de rock, rap y reggaeton. Los puertorriqueños están muy orgullosos de la calidad mundial de su equipo de baloncesto y de sus cuatro reinas de belleza, ganadoras del título de Miss Universo, aún cuando se enfrentan a los representantes de los EE.UU. Oficialmente, la Isla tiene dos banderas, la americana y la puertorriqueña.
El propósito de este libro es documentar la vida cotidiana, las practicas culturales y representaciones populares de los puertorriqueños cien años después de la presencia americana en la Isla. Debido a que Puerto rico fue una colonia española por cuatro siglos, todavía mantiene una fuerte herencia hispánica, conjuntamente con un trasfondo africano e indígena. Desde el 1898 la Isla ha recibido una creciente afluencia de ideas americanas, costumbres, símbolos y rituales. La creciente mezcla de identidades culturales es el foco de este retrato visual y narrativo de una nación dividida por conflictos políticos.
Dos banderas siempre ondean en los edificios gubernamentales y durante las conmemoraciones oficiales en Puerto Rico – la mono estrellada boricua y la pecosa americana. Cada una simboliza una nación separada, historia, territorio, lenguaje, religión y hasta ciudadanía. La imagen de las dos banderas es una metáfora acertada para la representación de las prácticas populares en el Puerto Rico contemporáneo.
Contemplar las imágenes de Héctor Méndez Caratini, sobre la identidad dual de Puerto Rico, es un ejercicio en la reconstrucción visual de una serie de binarios opuestos entre dos tradiciones culturales que han chocado, coexistido, y se han fusionado desde 1898. Doña Julia, la mujer madura parada de pie frente a las imágenes católica de los Tres Reyes Magos, la Virgen María y Jesucristo, contrastan vividamente con la fotografía del jovencito sentado en la falda de Santa Claus nerviosamente mirando a la cámara. La procesión religiosa en honor a la Virgen del Carmen atrae a mas mujeres envejecientes y de clase baja que los kioscos de comida rápida (fast foods) localizados en el Centro Comercial de Plaza Carolina. La calle al aire libre frente al encerrado centro comercial; el calido clima tropical local en contraposición a la nieve importada y al hielo artificial; el uso emblemático del idioma español frente a la apropiación popular de las marcas comerciales americanas; el uso generalizado de muestras nacionales (prominentemente banderas) de Puerto Rico y los Estados Unidos – estos son tan solo algunos de los íconos que Méndez Caratini emplea para narrar el continuo debate de renegociaciones sobre la identidad colectiva en la Isla.
Mas que simplemente documentar la asimilación cultural de los puertorriqueños a las corrientes de los Estados Unidos de América, las fotografías nos revelan un viraje no esperado en las políticas culturales de la Isla a finales del milenio. En una escena surrealista, los Tres Reyes Magos – tradicionalmente asociados en la religión católica con las festividades hispanas de la Epifanía - comen hamburguesas en un restaurante de comida rápida; con el tiempo practicas religiosas como “las promesas de reyes” desaparecerán. Aquellos que defienden el idioma del español se oponen a la estadidad, favorecen la excarcelación de los presos políticos y visten camisetas del Ché Guevara también hablan inglés, calzan zapatillas deportivas marca Nike, manejan autos americanos y exhiben la última moda en anteojos de sol de reconocidos diseñadores. A través del espectro ideológico, aquellos que defienden la anexión de Puerto Rico a los Estados Unidos aparentan ser tan “puertorriqueños” como el artesano Don Emilio Rosado y la líder nacionalista Lolita Lebrón; o de la maestra de una escuela rural recreada en una escena en una parada oficial del gobierno; o los gestos del lenguaje corporal, expresiones faciales y estilos de vestir de todos esos compatriotas que no pueden negar su puertorriqueñidad, pese a que intentan “verse como los americanos”, vistiéndose como los soldados de la Revolución Americana, aprender a patinar en hielo, o compartir un momento de felicidad artificiosa con Mickey Mouse, Barney, Santa Claus y Big Bird. La estrategia de Méndez Caratini es desestabilizar las representaciones convencionales de la identidad puertorriqueña como cualquiera de las dos esencias, la colonial o la nacional.
En general, las fotografías capturan los bordes cambiantes de la nación puertorriqueña cien años después de la ocupación americana en la Isla en el 1898. Las imágenes quebrantan las fronteras lingüísticas tradicionales, como cuando un partidario pro-americano sujeta un anuncio proclamando “Estadidad ahora”. También vuelven a reclasificar diferencias raciales y étnicas, como en la pareja de imágenes yuxtapuestas de un mujer negra colombiana que acaba de naturalizarse ciudadana americana con la del reconocido Fufi Santori, un puertorriqueño blanco de origen Corzo que favorece el uso no oficial del pasaporte puertorriqueño, en el fondo se aprecia la bandera del Grito de Lares, el levantamiento pro-independencia del 1868 contra España. Mas importante, la rica iconografía visual de Méndez Caratini sugiere el constante reajuste de las fronteras económicas y políticas entre Puerto Rico y los Estados Unidos. Aunque la Isla es una extensión del mercado de la tierra firme y se mantiene dependiente de los Estados Unidos, su nacionalismo cultural es cada vez mas fuerte. El despliegue masivo, en 1996, de banderas puertorriqueñas durante la manifestación de “La Nación en Marcha” hablan de por si sola; así como la solitaria bandera de los Estados Unidos, desplegada sobre un autobús escolar, camino a un mitin político. (La marcha fue organizada en respuesta a un comentario hecho por el Gobernador Pedro Rossello de que Puerto Rico no era una nación.) Esta paradójica afirmación popular, de una nación sin estado, es el centro de los debates sobre el estatus político en la Isla.
A mi entendimiento, nadie ha propuesto celebrar el centenario de la presencia de los EE.UU. en Puerto Rico de esta manera. El proyecto intelectual de Méndez Caratini para documentar prácticas culturales en vías de desaparición y la incrementada americanización muy bien podría iluminarnos en varios puntos vitales sobre identidad política y representación cultural en varias partes del mundo. Si el 1998 tuvo alguna relevancia para los puertorriqueños, fue el extraordinario carácter de recuperación de su cultura popular local y el bien definido sentido de pertenecer al colectivo, en contra de todos los pronósticos. A la misma vez, el trabajo de Méndez Caratini demuestra la creciente hibridación de las identidades culturales en la Isla y en otros lugares. Lo que esta creativa mezcla de lenguajes, mentalidades, mitos, rituales, íconos y memorias implica para le resolución final del estatus político de Puerto Rico todavía es sujeto de mucha discusión. Mas sin embargo, por el momento, la mayoría de los puertorriqueños probablemente sigan el gesto del retrato de Méndez Caratini de el joven con su chivita, pantalla y camiseta americana: apuntarían a la bandera monoestrellada, en vez de a la pecosa como su preferido símbolo nacional.
Jorge Duany, Ph.D.
Director de la Revista de Ciencias Sociales
Universidad de Puerto Rico
Enero de 1999
EL 98 : SER O NO SER
“Ser o no ser” el eterno dilema de los puertorriqueños a un siglo de la Invasión Americana. Ser puertorriqueños primero y americanos después, o viceversa, es la respuesta a la búsqueda de identidad, luego de mas de quinientos años de coloniaje - 400 de ellos, por parte de España.
La gran mayoría de las imágenes que ilustran este libro fueron tomadas durante el crucial año del 1998; fecha en que se conmemoró el centenario de la Invasión Americana. Año del desbordamiento patriótico, de la hemorragia pueblerina, en contestación al inflamatorio reto del Gobernador Pedro Rosselló, de que “No somos una nación”. Año de afirmación nacional, donde la resistencia cultural se hizo patente frente a las poderosas fuerzas de la asimilación, promovidas por el desmedido consumerismo americano. Las otras fotografías (de otras fechas) se incorporan para darle mayor armonía y continuidad a la narrativa que aquí les propongo, mi visión personalizada sobre la transculturación, la cultura y el imperialismo. Al igual que en los monólogos Shakespearianos, los soliloquios de mis fotografías vociferan a gritos los rasgos esenciales de nuestra puertorriqueñidad - la tan debatible identidad cultural.
Las fotografías mas antiguas, que aparecen aquí reseñadas, son documentaciones del siglo 19 y provienen principalmente de los aclamados libros, de corte imperialista, “Our Islands and their People”. Otras forman parte de mi archivo personal. Como se hace patente en estas fotografías históricas, la vida del puertorriqueño aparece reseñada en escenas cotidianas, tales como: en el puerto, en los mercados, las haciendas cafetaleras, los puentes y las carreteras, los edificios (tanto la vivienda pública, la de la clase alta, así como de la menos privilegiada), entre otras. Estas imágenes confirman que los puertorriqueños del siglo pasado tenían una economía próspera, basada principalmente en el comercio, la exportación agrícola del café, del ron, la melaza y frutos menores. De igual forma, ilustran que teníamos una clase aristocrática gobernante y nuestra propia identidad cultural basada en las tradiciones hispanas, negroides é indígenas; sinónimos de cultura y de buen gobierno. No éramos un pueblo analfabeta, sin historia, sin personalidad. Tampoco éramos unos nativos salvajes, hundidos en la pobreza total, tal como nos querían hacer creer los nuevos conquistadores para americanizarnos con sus valores de aculturación, con su proyecto civilizador de redimirnos mediante su gobierno y educarnos en su idioma.
Irónicamente, a casi siglo y medio de los transcendentales sucesos del Grito de Lares, a mas de cien años de la Invasión Americana y a una década de llevado a cabo este ensayo fotográfico, (a diferencia del 1998) los puertorriqueños del siglo 21 ya no son los mismos del siglo pasado. Hoy se encuentran desenfocados, polarizados, divididos en bandos políticos y patéticamente peleándose entre sí por trivialidades. Mientras tanto, el Congreso de los Estados Unidos se aprovecha de la confusión para negarse a escuchar sus reclamos de mayor soberanía; vergonzosamente, continúan siendo la colonia mas vieja del hemisferio. En el letargo de su soñolienta búsqueda de la libertad, están contentos de pertenecer al limbo político de la nada, sin ser independientes, ni estado, y bajo la sombra del engaño de un Estado Libre Asociado - que no es ni libre, ni asociado. Sumidos en la mogolla del “arroz con jueyes”, de la esquizofrenia portorricensis, cuando se les hace la enigmática pregunta de “¿Quien tu eres?” afirmativamente contestan a coro “¡Yo soy boricua, pá’ que tu lo sepas!”
Héctor Méndez Caratini Isla Verde, Septiembre de 2007
Actualmente, la Isla se encuentra atravezando por una recesión económica. Esta estancado su crecimiento económico. Los incentivos contributivos para las industrias (y los consumidores) no se aprueban en la Legislatura. Hay un éxodo masivvo de industrias que cierran operaciones y se van para el exterior y prácticamente ni siquiera una abre nuevas operaciones en la Isla. Preocupante la magnitud del nivel de endeudamiento del consumidor. Por otro lado, de acuerdo a las estadísticas, el 45% de los puertorriqueños ocupan el índice mas bajo de la pobreza en los Estados Unidos. Y mientras tantos, permanecen sumisos como el cordero (símbolo de la Ciudad de S
, deudas hasta mas no poder, y los complacientes ciudadanos se encuentran consumiendo los productos americanos, endeudados hasta las tetas.